Suramérica construye su integración sobre la piedra angular de la energía.
La energía es la clave sobre la que será construida la Unión Suramericana de Naciones (Unasur), en Brasilia y con un nuevo desafío para países que todavía arrastran una serie de trabas en su camino integrador.
El petróleo, el gas natural, la electricidad y los biocombustibles son las nuevas y ambiciosas fronteras de este embrionario proceso regional.
Juntos, los socios reúnen uno de los mayores potenciales de energía del mundo, con fuentes bien diversificadas en hidrocarburos, hidroelectricidad y combustibles alternativos como el etanol de caña de azúcar en Brasil.
Por ahora sólo hay una lista enmarañada de acuerdos multilaterales y bilaterales de cooperación de asociaciones estratégicas, o simples manifestaciones de buena voluntad que en algunos casos arrastran desde los años 90. La mayor parte de estos acuerdos disgregados corren en el marco de la Asociación Latinoamericana de Integración (Aldi), en el Mercado Común del Sur (Mercosur) y la Comunidad Andina (CAN), estructuras previas que se supone serán punto de de partida de la instancia política Unasur.
Mercosur y Asociados (Colombia, Chile, Ecuador y Venezuela) ya manejan un “Acuerdo de Cooperación Energética”, en el que el proceso debe atender las particularidades de cada país; ser equilibrado y compatible con regulaciones internas.
Al menos en el papel, en el futuro, Unasur identificará actividades, proyectos y obras; aumentará el intercambio comercial de hidrocarburos; la interconexión de redes de electricidad, de gaseoductos y oleoductos; la producción y exploración de crudo y gas y desarrollo de fuentes renovables y energías alternativas.
La Organización Latinoamericana de la Energá (OLADE) ha destacado que toda América Latina y el Caribe es autosuficiente en recursos energéticos, pero distribuidos de forma desigual.
Entre los desfíos está garantizar el abastecimiento energético sustentable, con seguridad, eficiencia en la exploración y consumo racional.
Este tipo de integración permitiría atender de manera más expedita una demanda que, en el caso de la electricidad, crecerá en 73% en 2018, según OLADE.
También mejorará el balance de cada país, gracias al intercambio de excedentes, expandiría mercados, diversificaría las fuentes, complementaría economías y recursos y disminuiría la vulnerabilidad ante sequías, picos de mercado y alzas de hidrocarburos.
Hay mucho por hacer todavía. Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la necesidad de inversiones de América Latina en este área es “extremadamente elevada”. Hoy las interconexiones sólo cubren el 5,0% de la demanda de Mercosur y el 3,0% de la región andina, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL)
Solamente en la Comunidad Andina, una mayor integración eléctrica permitirá ahorrar cerca de 310 millones de dólares por año en costos operaciones y en el Mercosur otros 160 millones.
Algunos gobiernos ya han emprendido pasos concretos en el mundo de los negocios, especialmente Brasil, sediento de energía y con fronteras con todos los países de Unasur, menos Chile y Ecuador.
Brasil mantiene proyectos bilaterales de energía con casi todos sus vecinos, lo que le convierte en una especied de encrucijada y motor de una integración a escala regional de la que ha sido pionero.
De un acuerdo de integración con Paraguay -para construir la represa binacional de Itaipú- Brasil obtiene el 20% de la electricidad que consume.
De otro acuerdo con Bolivia -para construir un gaseoducto bilateral- importa el 60% del gas natural que requiere su mercado interno.
Fuente:Terra
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